Un niño está contando algo emocionado y pronuncia una palabra de forma incorrecta. El adulto escucha el error y, casi automáticamente, interviene:
“No se dice así. Repítelo bien”.
La intención suele ser buena. Queremos ayudarle a hablar con mayor claridad, enseñarle la palabra correcta o evitar que se acostumbre a decirla de determinada manera.
Pero hay una pregunta importante antes de corregir:
¿Qué necesita ese niño en ese momento: practicar una palabra o terminar de contar algo que para él es importante?
No todas las oportunidades de hablar necesitan convertirse en una oportunidad para corregir.
Hablar también es querer ser escuchado
Cuando un niño está desarrollando su lenguaje y su habla, está aprendiendo muchas cosas al mismo tiempo.
Tiene que encontrar las palabras, organizarlas, construir frases, coordinar los movimientos necesarios para producir los sonidos y, además, mantener una conversación con otra persona.
Por eso, cuando habla espontáneamente, hay algo que vale la pena proteger: su intención de comunicar.
Si cada intervención del niño termina en una corrección, una repetición obligatoria o una evaluación de cómo pronunció, la conversación puede empezar a sentirse menos como un intercambio y más como una tarea.
Eso no significa que nunca debamos trabajar los errores.
Significa que necesitamos distinguir entre el momento de conversar y el momento de practicar.
Corregir no es lo mismo que enseñar
Imagine que su hijo dice: ¡Mira, un pájalo!
Podemos responder: No. No es “pájalo”. Es “pájaro”. Diga pá-ja-ro.
O podemos decir: ¡Sí, un pájaro! ¿Viste qué grande era?
En las dos respuestas el niño escucha la palabra correcta. La diferencia es que en la segunda, además, recibe algo muy importante: la confirmación de que lo que quiso contar fue escuchado. Esta estrategia se conoce habitualmente como modelado: el adulto ofrece la forma correcta dentro de una respuesta natural, sin exigir necesariamente que el niño la repita inmediatamente. No sustituye una intervención fonoaudiológica cuando existe una dificultad del habla que necesita tratamiento. Pero en las conversaciones cotidianas puede ayudar a mantener el intercambio mientras el niño continúa escuchando buenos modelos lingüísticos.
Entonces, ¿nunca debo pedirle que repita?
Sí puede hacerlo.
La repetición tiene un lugar, especialmente cuando se está trabajando un objetivo específico y el niño ya tiene las habilidades necesarias para intentarlo.
El problema aparece cuando toda conversación se transforma en práctica.
Un niño puede pasar parte de una sesión de fonoaudiología trabajando cuidadosamente un sonido y, veinte minutos después, salir del consultorio y contarle a su mamá una historia pronunciándolo todavía de manera imperfecta. Eso no significa necesariamente que “no aprendió”.
Utilizar una habilidad nueva de forma espontánea suele requerir tiempo, práctica y generalización a diferentes situaciones. Por eso, a veces conviene preguntarse:
¿Estoy trabajando la forma en que habla o estoy escuchando lo que me quiere decir?
Las dos cosas importan, pero no siempre tienen que suceder al mismo tiempo.
Hay errores que sí merecen ser evaluados
Tampoco debemos caer en el extremo contrario. No toda dificultad de pronunciación debe simplemente esperar.
Según la edad, el tipo de errores, su frecuencia y cuánto afectan la inteligibilidad, puede ser conveniente realizar una valoración fonoaudiológica.
También conviene consultar cuando la familia observa que:
- cuesta mucho entender al niño;
- evita determinadas palabras porque sabe que le resultan difíciles;
- se frustra con frecuencia cuando intenta hablar;
- los errores persisten más de lo esperado para su etapa de desarrollo;
- otras personas fuera de la familia tienen grandes dificultades para comprenderlo;
- existen dudas adicionales sobre lenguaje, comprensión, fluidez o comunicación.
La evaluación no se realiza únicamente para determinar qué sonidos produce mal. También ayuda a comprender qué está ocurriendo, qué habilidades ya posee y cuál sería la forma más adecuada de acompañarlo.
Tres cosas que puede hacer en casa
Cuando su hijo produzca una palabra de manera diferente, no necesita corregir cada ocasión.
Puede probar:
1. Repetir correctamente sin exigir. Si dice “tato”, usted puede responder: “Sí, el gato está debajo de la mesa”.
2. Mantener la conversación. Pregunte por la historia, el objeto o aquello que intentaba comunicar. La comunicación no debería perderse detrás del error.
3. Reservar la práctica para momentos concretos. Si el fonoaudiólogo ha indicado ejercicios específicos, practíquelos según las orientaciones recibidas en lugar de convertir todas las conversaciones familiares en una sesión terapéutica.
El objetivo no es elegir entre hablar correctamente o hablar con confianza
Queremos ambas cosas. Queremos que un niño desarrolle un habla cada vez más clara y, al mismo tiempo, que continúe buscando a otros para contar, preguntar, imaginar, protestar, bromear y participar. Por eso, acompañar el desarrollo del habla no consiste únicamente en detectar errores.
También implica saber cuándo intervenir y cuándo escuchar.
La próxima vez que su hijo diga una palabra de forma diferente, antes de pedirle que la repita, escuche primero lo que estaba intentando contarle.
¿Le preocupa cómo habla su hijo?
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