Comportamiento y comunicación

Cuando su hijo lo desafía, probablemente no todo se trate de desafío

Madre acompañando a su hijo

Usted le pide que se bañe. Dice que no. Le pide que guarde el juguete. Se enoja. Le avisa que es hora de salir. La respuesta parece desproporcionada para una petición tan sencilla. Y entonces aparece una interpretación muy humana: “Me está desafiando.”

A veces, sí: los niños prueban límites, negocian, protestan y descubren gradualmente qué pueden decidir y qué corresponde decidir a los adultos.

Pero llamar “desafío” a toda resistencia puede hacernos perder información importante.

Una conducta puede tener más de una explicación

Imagine dos niños que responden “¡no!” cuando se les pide guardar un juguete. La conducta observable es prácticamente idéntica. Pero uno quizá está intentando prolongar deliberadamente el juego. El otro puede haberse alterado porque no anticipó el cambio de actividad.

Otro niño puede estar cansado. Otro puede haber comprendido solo una parte de la instrucción.

Y otro puede saber perfectamente lo que quiere expresar, pero no tener todavía las palabras necesarias para negociar: “¿Puedo terminar primero esta parte y después lo guardo?” Si respondemos únicamente al “no”, perdemos esas diferencias.

Por eso, comprender una conducta no significa justificarla.

Significa intentar identificar qué ocurrió antes, qué habilidad necesita el niño y qué límite debe mantenerse.

El lenguaje puede formar parte del problema

Piense en todas las habilidades lingüísticas que necesita un niño durante un conflicto. Tiene que comprender lo que el adulto acaba de decir.

Explicar lo que quiere. Nombrar lo que siente. Negociar. Escuchar una alternativa. Encontrar palabras mientras está molesto.

Todo esto es considerablemente más difícil cuando existe una dificultad de lenguaje.

Por eso, algunos niños con dificultades para comprender o expresarse pueden mostrar más frustración en determinadas situaciones.

Eso no significa que toda conducta difícil sea un problema de lenguaje.

Tampoco significa que una dificultad lingüística explique automáticamente agresiones, oposicionismo o problemas emocionales.

Significa algo más sencillo: cuando existe una preocupación conductual, también vale la pena preguntarse cómo está funcionando la comunicación.

Comprender no elimina el límite

Si un niño pega porque está frustrado, podemos comprender la frustración y mantener el límite: “No voy a dejar que pegues.”

Si grita porque no quiere terminar el juego, podemos reconocerlo: “Sé que querías seguir.” Y aun así sostener: “Es hora de guardar.”

Acompañar emocionalmente no significa permitir cualquier conducta. De hecho, los niños necesitan límites claros y predecibles.

La diferencia está en no convertir cada conflicto en una lucha para demostrar quién tiene el control.

El objetivo no es solamente detener la conducta hoy. También queremos que, gradualmente, el niño desarrolle herramientas mejores para resolver esa misma situación mañana.

Observe qué ocurre antes

Cuando una conducta se repite, el momento previo suele contener información muy útil.

Pregúntese:

  • ¿ocurre principalmente durante transiciones?
  • ¿cuando está cansado?
  • ¿cuando debe dejar una actividad que disfruta?
  • ¿frente a tareas que le resultan difíciles?
  • ¿cuando recibe varias instrucciones seguidas?
  • ¿cuando intenta explicar algo y no consigue hacerlo?
  • ¿sucede igual en casa y en la escuela?

No necesita responder estas preguntas para encontrar una causa definitiva. Sirven para identificar patrones. Y esos patrones pueden cambiar completamente la estrategia.

Dele palabras, pero no asuma lo que siente

Podemos ayudar a un niño a desarrollar lenguaje para situaciones difíciles.

Por ejemplo:

Puede decir: “necesito ayuda”, “todavía no termino”, “estoy enojado”, “¿me das un minuto?”

Pero conviene ofrecer estas palabras como posibilidades, no como una interpretación absoluta.

En lugar de: “Estás enojado porque tu hermano te quitó el juguete”, podemos probar: “Parece que esto te molestó. ¿Fue porque querías seguir jugando?”

Así ayudamos a organizar la experiencia sin decidir por él exactamente qué estaba sintiendo.

Cuando las conductas son intensas o persistentes

Hay situaciones que necesitan más que estrategias generales.

Conviene solicitar orientación cuando las conductas:

  • son muy frecuentes o intensas;
  • aparecen en diferentes entornos;
  • afectan significativamente la convivencia o el aprendizaje;
  • incluyen agresiones persistentes;
  • parecen acompañarse de dificultades importantes de comunicación;
  • generan preocupación en la familia o la escuela.

No siempre el profesional indicado será el mismo. En algunos casos necesitaremos explorar lenguaje y comunicación. En otros, funcionamiento emocional o conductual.

Y en otros será importante integrar varias perspectivas. Ese es precisamente el valor de no empezar con una etiqueta.

Antes de preguntar “¿cómo hago que deje de hacerlo?”

Puede ser útil formular una pregunta anterior: “¿Qué está haciendo difícil esta situación para mi hijo?”

Después podremos decidir qué límite necesita, qué habilidad debemos enseñar y qué apoyo puede ser útil.

Comprender no significa ceder. Significa intervenir con más información. Y muchas veces esa diferencia cambia completamente la forma en que acompañamos a un niño.

¿Hay conductas que no sabe cómo interpretar?

Puede contarnos qué está observando en casa o qué le han comentado desde la escuela. Le ayudaremos a identificar por dónde comenzar. También puede conocer cómo trabajamos desde Psicología infantil y de la adolescencia.

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